Los debates alrededor del arte público y el arte comunitario tienen ya una historia que empieza a ser larga. En los setenta, en Estados Unidos las vanguardias frías como el mínimal y el conceptual habían llegado a su pleno desarrollo, pero algunos artistas y activistas culturales no encontraban en aquella purificación formal una forma expresiva útil para sus propuestas de intervención. Al rescoldo de los movimientos pacifistas, feministas, de derechos civiles y ecologistas, se recupera la exploración de otras formas entre la práctica artística y el activismo, como por ejemplo la performance, la instalación, el muralismo, etc., a menudo en el marco de producciones colectivas.
A lo largo de los años ochenta, el signo conservador del gobierno de Reagan se dejó sentir también en la vida cultural y artística. La reacción de censura ante algunas manifestaciones consideradas inmorales, desencadenó un intenso debate sobre la responsabilidad del artista y el valor del arte en la sociedad. A la vez, voces hasta entonces no reconocidas por la cultura dominante empiezan a hacerse escuchar, y una serie de minorías hacen de la lucha por la representación, también en el campo del arte, una forma por lograr un reconocimiento, cuando menos en el terreno simbólico. Estas políticas de representación, o identitárias, a pesar de ser importantes, también han demostrado sus límites puesto que dejan intactas las bases materiales de las desigualdades.
En todo caso, lo que se inicia es un decidido movimiento, tanto simbólico como físico, hacia fuera de los espacios habituales del arte: el museo y la galería. Si bien al principio esto significó a menudo la colocación de obras de arte convencionales en el espacio público, pronto se extendió esta noción al entramado social que habita y da sentido efectivo a ese espacio. Así, la comunidad se convierte en el lugar de la actuación y el trabajo de un conjunto de artistas, que establecen varios grados de relación con los colectivos con los cuales colaboran.
En estos sentido, el concepto de arte comunitario supone una mirada crítica a las prácticas artísticas en el espacio público, puesto que los trabajos participativos y los modelos colaborativos replantean el lugar, la identidad y los marcos de actuación de la comunidad. Esta mirada crítica sirve a la práctica artística para extenderse y articular su campo de acción en una diversidad de instituciones y disciplinas, dónde el arte se presenta como un motor de transformación social. Simultáneamente esto supone replantear el rol del artista más allá de la producción de objetos estéticos, como trabajador cultural, agente social activo y facilitador.
En la actualidad ha ganado terreno la evidencia que, sea consciente o no el artista, toda intervención en el terreno cultural supone una intervención política. Aquellos que trabajan desde una perspectiva consciente de manera comunitaria o colaborativa deben confrontar los dilemas que plantea un contexto político e institucional complejo como es el del desarrollo social. Varias teorías han planteado el papel de la cultura en el desarrollo de una democracia dónde las diferencias no sean anuladas por consensos más ficticios que negociados. Específicamente el arte comunitario toca alguno de estos puntos sensibles puesto que se basa en el diálogo, la negociación y, en definitiva, en las relaciones de poder.
El hecho que estos debates hayan adquirido relevancia en una época reciente y que en nuestro contexto se trate de una reflexión todavía poco desarrollada, hace necesario abrir espacios de diálogo dónde recuperar las experiencias e historizaciones llevadas a cabo hasta ahora con el objetivo de imaginar posibles futuros compartidos.
Teniendo en cuenta estos debates, los ejes reflexivos de la propuesta de jornadas son:
— El rol del artista y su trabajo sobre el terreno
— La formación y la posición del artista comunitario
— La comunidad y el desarrollo comunitario
— El trabajo cooperativo y las dimensiones de la participación
— La democracia cultural y las políticas de participación
— Políticas culturales y modelos de trabajo institucional